
En ‘Pro-Judas’, un remoto zumbido inicial va cobrando forma y tamaño progresivamente, hasta desembocar en un espantoso bucle, áspero y desproporcionadamente grave, que sirve de horrible pasaporte a las enloquecidas proclamas vocales. La tortura se alarga repetitiva y contundentemente hasta los cuatro minutos, retumbando salvajemente y retroalimentando su desmedida densidad. Un verdadero martillazo en los tímpanos que deja no poco trastorno al que se presta a escuchar. Por si eso fuera poco, ‘Papal Bull’, la traca final, se extiende agónicamente durante más de ocho minutos a base de pautas ruidosas entrecortadas y pulsátiles. Un bombeo continuo de pesados 'latidos' que, aumentando poco a poco en saturación, potencia y gravedad, terminan por conformar una ruidosa maraña tupida de considerable aspereza, ruda y vibrante, que una vez más ejerce de escenario para los discursos vocales, esta vez de forma más nítida. Un conglomerado violento de ruido, pulsos y gritos que se va difuminando hasta persistir casi exclusivamente como una manta de distorsión, siempre al servicio de las arengas vocales.
"Rome Songs" es una aberración sonora imperturbable, repetitiva, fría y deshumanizada. Una maquinaria brutal al servicio del manifiesto ideológico de Dando. En definitiva, la representación sonora –cruda, desagradable y molesta- de nuestra realidad más execrable. Un horrendo retrato de las miserias del ser humano.

